Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un escritor argentino, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas.
Su obra, fundamental en la literatura y en el pensamiento universal, y
que ha sido objeto de minuciosos análisis y de múltiples
interpretaciones, trasciende cualquier clasificación y excluye todo tipo
de dogmatismo.
Es considerado uno de los eruditos más reconocidos del siglo XX.
Ontologías fantásticas, genealogías sincrónicas, gramáticas utópicas,
geografías novelescas, múltiples historias universales, bestiarios
lógicos, éticas narrativas, matemáticas imaginarias, dramas teológicos,
invenciones geométricas y recuerdos inventados son parte del inmenso
paisaje que las obras de Borges ofrecen tanto a los estudiosos como al
lector casual. Y sobre todas las cosas, la filosofía, concebida como
perplejidad, el pensamiento como conjetura, y la poesía, la forma
suprema de la racionalidad. Siendo un literato puro pero,
paradójicamente, preferido por los semióticos, matemáticos, filólogos,
filósofos y mitólogos, Borges ofrece —a través de la perfección de su
lenguaje, de sus conocimientos, del universalismo
de sus ideas, de la originalidad de sus ficciones y de la belleza de su
poesía— una obra que hace honor a la lengua española y la mente
universal.
Ciego desde los 55 años, personaje polémico, con posturas políticas que le impidieron ganar el Premio Nobel de Literatura4 5 al que fue candidato durante casi treinta años.
-------------------------------------- Leer por placer, leer para estudiar, leer para imaginar, leer...-------------------------------------
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domingo, 14 de julio de 2024
viernes, 24 de mayo de 2019
miércoles, 17 de abril de 2019
Son tambores los que suenan?

Hay objetos que jamás nos pertenecerán del todo. No importa que se trate de
antiguas reliquias familiares,
Bodoc, Liliana (fragmento)
lunes, 2 de abril de 2018
viernes, 9 de marzo de 2018
Mujeres escritoras en sexto turno mañana
Tía José Rivadeneira tuvo una hija con los ojos grandes como dos lunas, como un deseo. Apenas colocada en su abrazo, todavía húmeda y vacilante, la niña mostró los ojos y algo en las alas de sus labios que parecía pregunta.
–¿Qué quieres saber? –le dijo la tía José jugando a que entendía ese gesto.
Como todas las madres, tía José pensó que no había en la historia del mundo una criatura tan hermosa como la suya. La deslumbraban el color de su piel, el tamaño de sus pestañas y la placidez con que dormía. Temblaba de orgullo imaginando lo que haría con la sangre y las quimeras que latían en su cuerpo.
Se dedicó a contemplarla con altivez y regocijo durante más de tres semanas. Entonces la inexpugnable vida hizo caer sobre la niña una enfermedad que, en cinco horas, convirtió su extraordinaria viveza en un sueño extenuado y remoto que parecía llevársela de regreso a la muerte.
Cuando todos sus talentos curativos no lograron mejoría alguna, tía José, pálida de terror, la cargó hasta el hospital. Ahí se la quitaron de los brazos, y una docena de médicos y enfermeras empezaron a moverse agitados y confundidos en torno a la niña. Tía José la vio irse tras una puerta que le prohibía la entrada y se dejó caer al suelo incapaz de cargar consigo misma y con aquel dolor como un acantilado.
Ahí la encontró su marido, que era un hombre sensato y prudente como los hombres acostumbran fingir que son. La ayudó a levantarse y la regañó por su falta de cordura y esperanza. Su marido confiaba en la ciencia médica y hablaba de ella como otros hablan de Dios. Por eso lo turbaba la insensatez en que se había colocado su mujer, incapaz de hacer otra cosa que llorar y maldecir al destino.
Aislaron a la niña en una sala de terapia intensiva. Un lugar blanco y limpio al que las madres sólo podían entrar media hora diaria. Entonces se llenaba de oraciones y ruegos. Todas las mujeres persignaban el rostro de sus hijos, les recorrían el cuerpo con estampas y agua bendita, pedías a todo Dios que los dejara vivos. La tía José no conseguía sino llegar junto a la cuna donde su hija apenas respiraba para pedirle: “No te mueras”. Después lloraba y lloraba sin secarse los ojos ni moverse hasta que las enfermeras le avisaban que debía salir.
Entonces volvía a sentarse en las bancas cercanas a la puerta, con la cabeza sobre las piernas, sin hambre y sin voz, rencorosa y arisca, ferviente y desesperada. ¿Qué podía hacer? ¿Por qué tenía que vivir su hija? ¿Qué sería bueno ofrecerle a su cuerpo pequeño lleno de agujas y sondas para que le interesara quedarse en este mundo? ¿Qué podría decirle para convencerla de que valía la pena hacer el esfuerzo en vez de morirse?
Una mañana, sin saber la causa, iluminada sólo por los fantasmas de su corazón, se acercó a la niña y empezó a contarle las historias de sus antepasadas. Quiénes habían sido, qué mujeres tejieron sus vidas con qué hombres antes de que la boca y el ombligo de su hija se anudaran a ella. De qué estaban hechas, cuántos trabajos habían pasado, qué penas y jolgorios traía ella como herencia. Quiénes sembraron con intrepidez y fantasías la vida que le tocaba prolongar.
Durante muchos días recordó, imaginó, inventó. Cada minuto de cada hora disponible habló sin tregua en el oído de su hija. Por fin, al atardecer de un jueves, mientras contaba implacable alguna historia, su hija abrió los ojos y la miró ávida y desafiante, como fue el resto de su larga existencia.
El marido de tía José dio las gracias a los médicos, lo médicos dieron gracias a los adelantos de su ciencia, la tía abrazó a su niña y salió del hospital sin decir una palabra. Sólo ella sabía a quiénes agradecer la vida de su hija. Sólo ella supo siempre que ninguna ciencia fue capaz de mover tanto como la escondida en los ásperos y sutiles hallazgos de otras mujeres con los ojos grandes.
–¿Qué quieres saber? –le dijo la tía José jugando a que entendía ese gesto.
Como todas las madres, tía José pensó que no había en la historia del mundo una criatura tan hermosa como la suya. La deslumbraban el color de su piel, el tamaño de sus pestañas y la placidez con que dormía. Temblaba de orgullo imaginando lo que haría con la sangre y las quimeras que latían en su cuerpo.
Se dedicó a contemplarla con altivez y regocijo durante más de tres semanas. Entonces la inexpugnable vida hizo caer sobre la niña una enfermedad que, en cinco horas, convirtió su extraordinaria viveza en un sueño extenuado y remoto que parecía llevársela de regreso a la muerte.
Cuando todos sus talentos curativos no lograron mejoría alguna, tía José, pálida de terror, la cargó hasta el hospital. Ahí se la quitaron de los brazos, y una docena de médicos y enfermeras empezaron a moverse agitados y confundidos en torno a la niña. Tía José la vio irse tras una puerta que le prohibía la entrada y se dejó caer al suelo incapaz de cargar consigo misma y con aquel dolor como un acantilado.
Ahí la encontró su marido, que era un hombre sensato y prudente como los hombres acostumbran fingir que son. La ayudó a levantarse y la regañó por su falta de cordura y esperanza. Su marido confiaba en la ciencia médica y hablaba de ella como otros hablan de Dios. Por eso lo turbaba la insensatez en que se había colocado su mujer, incapaz de hacer otra cosa que llorar y maldecir al destino.
Aislaron a la niña en una sala de terapia intensiva. Un lugar blanco y limpio al que las madres sólo podían entrar media hora diaria. Entonces se llenaba de oraciones y ruegos. Todas las mujeres persignaban el rostro de sus hijos, les recorrían el cuerpo con estampas y agua bendita, pedías a todo Dios que los dejara vivos. La tía José no conseguía sino llegar junto a la cuna donde su hija apenas respiraba para pedirle: “No te mueras”. Después lloraba y lloraba sin secarse los ojos ni moverse hasta que las enfermeras le avisaban que debía salir.
Entonces volvía a sentarse en las bancas cercanas a la puerta, con la cabeza sobre las piernas, sin hambre y sin voz, rencorosa y arisca, ferviente y desesperada. ¿Qué podía hacer? ¿Por qué tenía que vivir su hija? ¿Qué sería bueno ofrecerle a su cuerpo pequeño lleno de agujas y sondas para que le interesara quedarse en este mundo? ¿Qué podría decirle para convencerla de que valía la pena hacer el esfuerzo en vez de morirse?
Una mañana, sin saber la causa, iluminada sólo por los fantasmas de su corazón, se acercó a la niña y empezó a contarle las historias de sus antepasadas. Quiénes habían sido, qué mujeres tejieron sus vidas con qué hombres antes de que la boca y el ombligo de su hija se anudaran a ella. De qué estaban hechas, cuántos trabajos habían pasado, qué penas y jolgorios traía ella como herencia. Quiénes sembraron con intrepidez y fantasías la vida que le tocaba prolongar.
Durante muchos días recordó, imaginó, inventó. Cada minuto de cada hora disponible habló sin tregua en el oído de su hija. Por fin, al atardecer de un jueves, mientras contaba implacable alguna historia, su hija abrió los ojos y la miró ávida y desafiante, como fue el resto de su larga existencia.
El marido de tía José dio las gracias a los médicos, lo médicos dieron gracias a los adelantos de su ciencia, la tía abrazó a su niña y salió del hospital sin decir una palabra. Sólo ella sabía a quiénes agradecer la vida de su hija. Sólo ella supo siempre que ninguna ciencia fue capaz de mover tanto como la escondida en los ásperos y sutiles hallazgos de otras mujeres con los ojos grandes.
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Homenaje.
jueves, 8 de marzo de 2018
miércoles, 7 de marzo de 2018
martes, 6 de marzo de 2018
6 de marzo de 1927 - 17 de abril de 2014
Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca, 6 de marzo de 1927nota 1- Ciudad de México, 17 de abril de 20142)fue un escritor, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.3
Fue conocido familiarmente y por sus amigos como Gabito (hipocorístico guajiro de Gabriel), o por su apócope Gabo.
Está relacionado de manera inherente con el realismo mágico y su obra más conocida, la novela Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario e incluso se considera que por el éxito de la novela es que tal término se aplica a la literatura surgida a partir de los años 1960 en América Latina.45En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos.6
En: Wikipedia.-
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viernes, 29 de septiembre de 2017
miércoles, 13 de septiembre de 2017
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